Alfabeto
Lo bueno es que nunca sabrás que lloré en todos los acentos y en todos los idiomas. Me inventé ruidos cuneiformes para que me entendieras. Los abrazos, a mano alzada, se parecen a lo que no dijiste. Dos mentes entre sábanas, pero con los hombros tímidos de pecar, el amor, un dios tirano, alejados unos centímetros. ¿Qué ibas a saber tú de hablarme si mis ojos fueron junglas grises sin mapas, sin caminos? Lo que decía ya no cabía en esa cajita rubia. Lo que quería —con tildes y exclamaciones— llegaba a medias, en forma de interrogación. Ibas a rastras detrás de las horas, tratando de entender por qué yo miraba tanto la ventana mientras la lluvia ya me besaba. Cuando logré entender tu lenguaje de señas, ya me habías escrito un verso. Sin música. Sin forma. Ahora tengo arrumadas lágrimas debajo de los codos. En este pozo que se empieza a llenar te dejo mi última línea. Que no rime. Que pese.









